¿Quién en su sano juicio se enamora de un huracán? ¿Quién en su sano juicio ve luz detrás de una oscuridad que avasalla? Ella. Ella veía un atisbo de fe hasta en dónde ya no la hubiera, ella creía en la gente, creía en el corazón y en los buenos sentimientos. Ella tenía esperanza, vio esperanza en un alma que estaba cegada por el odio y la tristeza. Ella había descubierto, detrás de todo ese desierto desolador, a alguien que pedía a gritos ser rescatado, que pedía a gritos un abrazo, un beso, que pedía comprensión, pedía compañía. Pedía amor.
Ella, que no fue para nada inteligente, que no pensó en su bien y en su salud, se lanzó al abismo en su búsqueda. Ella se condenó al mismísimo infierno porque amó lo que esos ojos marrones ocultaban detrás. Ella se enamoró de sus más grandes demonios, se enamoró de su oscuridad e intento cubrirla de luz y lo único que logró fue perder su brillo por completo. Ella se perdió en la penumbra de un alma negra, sus colores se volvieron grises, su sonrisa tranquila se volvió tensa, su seguridad perdió la guerra y todo lo que era, quedó en la nada. Ella, desapareció.
Luchaba por permanecer integra, luchaba por encontrar el sendero nuevamente, luchaba por volver a recuperar su vida, su ser pero se negaba a dejarlo atrás. Ella quería emerger de la oscuridad de la mano del dueño de esos ojos marrones. Ella se negaba a apartarse de sus ojos tristes, porque los amaba, porque sentía la necesidad de devolverles la alegría y la chispa que alguna vez tuvieron. Porque no quería que él sufriera de la misma manera en que ella lo había hecho. Ella quería ser su escudo de batalla, su ángel guardián, su súper humana. Su amor.
El tiempo, que a veces sana, puede transformarse en el peor enemigo si no se lo trata como corresponde. El tiempo, desató un caos, desató una guerra en dónde la bronca y la mentira eran los mejores capitanes. El tiempo se aprovechó de su alma rota, de su corazón congelado por la furia y destruyo todo a su paso. Destruyo vínculos, destruyó lazos, destruyo la unión. Y ella, cegada de amor, dispuesta a dar hasta su último aliento por verlo sonreír una vez más, por ayudarlo a ser feliz, a renacer; ella se dejó hundir en ese mar de fuego desesperanzado y doloroso como el infierno. Ella se quedó a su lado, cobijando los demonios que batallaban en esos ojos marrones.
Pasaron los años y ella ya no era ella, su espíritu estaba encerrado en una jaula, su alma estaba desgarrada y su corazón insistía en amar al huracán. Ella había olvidado quién era, había olvidado qué era lo más importante, quién lo era. Caminaba por la vida como una marioneta, tambaleante y controlada por el temor y la desolación. Sin embargo, cada vez que lo veía, cada vez que veía esos ojos marrones se sentía en casa y a salvo. ¿Qué ironía es esa? El huracán que absorbió su ser, era el mismo que le daba sentido de pertenencia. De hogar.
Ahora, eran los dos. Ahora ambos estaban en la misma oscuridad, estaban en el mismo agujero negro y abismal, los dos habían perdido el brillo y la noción. Ella vivía y respiraba para él, él lo hacía para ella. Y se aferraron uno al otro para sobrevivir pero solo encontraron un laberinto aún más difícil de sortear. Habían hecho tanto daño que ni siquiera podían tomar conciencia de ello, habían actuado como mismísimas sombras infernales, habían acabado con todo a su paso. Habían herido a aquellos que siempre los habían amado. Ellos, habían tomado la forma de sus demonios, ellos dejaron que sus demonios los definieran y se perdieron en el fondo más profundo del océano.
Pero nada dura para siempre, él encontró una mano que siempre lo había sujetado, que siempre lo había guiado y lo había protegido. Encontró, entre la oscuridad, el ala del ángel y supo aferrarse a ella para emerger de las tinieblas. Ella, vacía, herida, desolada y cansada, no tuvo el coraje de tomarla entre sus dedos y aventurarse a la salida con él. Ella, que había querido rescatarlo, que se había creído lo suficientemente fuerte como para recuperar un alma en pena, no supo abrazar la oportunidad de renacer.
Hoy, él se encuentra bien, sus ojos marrones han recuperado el brillo y, quizás, hasta la alegría. Ha aprendido a vivir y a sopesar los momentos, se ha transformado en un ser diferente a lo que ella había conocido. Ya no era su protegido, era un hombre libre. Pero ella seguía atada a ese pasado, su espíritu continuaba encerrado y su alma, que peleaba por encontrar la luz, siempre volvía a esconderse detrás del rencor. Un rencor y un egoísmo creados por el propio miedo a seguir sufriendo.
Ella había sujetado las manos del huracán, lo había abrazado y había llegado a sus recuerdos más profundos, ella supo cómo tocar su interior, supo cómo encontrar a ese hombre dulce y atento que era. Ella había descubierto, detrás de toda esa coraza, a un hombre bueno, a un hombre dispuesto a dar la vida por amor, a un hombre que amaba hasta las últimas consecuencias, a un hombre que la protegía tanto como ella a él. Había encontrado una sonrisa que la mantenía de pie, unos besos que le daban aire, un calor que la mantenía en calma. Había encontrado un cómplice, un amigo y un amor. Había encontrado a una persona comprensiva y sobre todas las cosas, había encontrado la confianza que en ningún otro lado pudo encontrar.
- Bendigo el día en que sus ojos marrones me miraron por primera vez.- volvió a decir, pero esta vez con lágrimas rodando por sus mejillas y una sonrisa nostálgica.
Ahora era ella la que necesitaba ser salvada, ella necesitaba sentir sus brazos envolverla para darle paz, ella necesitaba que él fuera su impulso. Ella necesitaba su compañía, necesitaba sentirlo. Sin embargo, comprendía el hecho de que cada persona era completamente diferente a la otra. Y lo dejo ir. Lo dejó ir porque él no podía convertirse en lo que ella necesitaba para mejorar, lo dejó ir porque no quería condenarlo como ella se condenó. Lo dejó ir porque no permitiría bajo ningún punto, que él siguiera desperdiciando más tiempo. Ella lo amaba y lo amaría siempre, porque lo fue todo, porque fue lo que más daño le hizo y lo que más la lleno de amor. Y no tuvieron muchos mome
Ella está renaciendo, ella está regresando, ella está encontrándose consigo misma otra vez. Esta vez, supo sujetar la mano que aparecía en la oscuridad y aunque no fuera la de él y lo deseara, no le importaba. Está recobrando la cordura y la alegría, está sonriendo otra vez. Ella no volverá a hacer daño, no volverá a fallar y no volverá a perderse. El resto, el resto lo echa a la suerte. Quizás el mañana, el destino o el hilo rojo los una nuevamente, quizás no, nadie lo sabe pero le agradecía cada instante vivido. Y lo deja ir, porque de eso se trata la vida. Soltar y renacer.