Cuando
era pequeña, unos cuatro o cinco años, mi madre y yo habíamos ido a disfrutar
de un día de verano a una pileta de club. Siempre fui demasiado blanca como
para estar expuesta al sol y demasiado terca como para aceptar verme aún más
blanca por el protector solar. Quedé roja como una frutilla, mi piel ardía como
el infierno y me arrepentía de lo lindo por haber sido desobediente.
Era
de madrugada y desperté a mi madre que dormía plácidamente, al día siguiente
debía trabajar puesto que nuestra situación financiera no era del todo buena.
Vivíamos con mi abuelo en ese entonces y no sentíamos ese hogar, nuestro hogar.
Le dije que, por favor, hiciera algo para que mi piel dejara de arder tanto y
me sonrió. Fue a la cocina y volvió a nuestra habitación con un tomate cortado
en rodajas.
-
¿Para qué es eso?- quise saber, me
daba mucha curiosidad.
-
Para ponerte en la piel, el tomate ayuda
a que no te queme más.- me contestó.
Termine
con los brazos y la cara adornados con rodajas de tomate, era gracioso pero
calmaba mucho. Sentía frescura y satisfacción. Observaba a mi madre, las orejas
no la dejaban en paz y su rostro cansado me preocupaba. Bostezaba a lo grande y
cada tanto me preguntaba si me sentía más aliviada.
-
Ma, quiero probar el tomate con orégano.-
le dije, de la nada y ella me miro con extrañeza. Eran las cuatro de la mañana.
-
Bueno, vamos.- me respondió y nos
dirigimos juntas a la cocina.
Esa
noche a las cuatro de la mañana probé el tomate con orégano, uno de los
manjares de mi vida. Esa noche, mi madre, tan cansada y abatida por tantas
razones, me preparo el tomate con orégano con todo el amor que albergaba en su
corazón. Esa noche, el tomate con orégano se convirtió en algo más que eso. Era
la prueba de que le importaba.