jueves, 12 de noviembre de 2015

"Hasta el próximo café."

Ahí estaba él, como era de costumbre, con la mirada perdida en vaya a saber qué, una lapicera en la mano, una libreta y un café. Sentado en su lugar de siempre: la mesa a la derecha de la entrada, contra la ventana. Afuera estaba frío, helaba como cualquier día de invierno y la lluvia estaba presente, tan finita y punzante que te calaba hasta los huesos. Era un día de esos que inspiran a los escritores y de los que nacen los mejores libros, las personas se refugian en los bares a contar historias y aquellos que saben apreciarlas, las convierten en obras de arte. Como lo hacia él.
Pasaba por la puerta del Café Brasilero, apurada para no empaparme y tratando de cubrir el bolso con mi saco, los peatones caminaban como si alguien los persiguiera, los autos iban despacio por precaución y uno que otro ciclista pedaleaba resignado a mojarse por completo. No andaba con intenciones de conseguir material periodístico, estaba de vacaciones por Montevideo y solo pretendía llegar al hotel; entonces lo vi. Sus ojos azules intensos detuvieron mi paso al instante y lo observaba desde afuera, él no me prestaba atención seguía enredado en sus pensamientos. No dude, no podía dudar, estaba ahí el hombre que había causado mi desvelo tantas noches y robado mis horas tantas veces con su literatura mágica. Ingresé al bar, que funcionaba en el mismo lugar desde el año 1877, y de repente una oleada de calidez me pegó en la cara. El Café Brasilero era viejo, con muebles viejos, una construcción vieja y era el mayor testigo de infinidades de historias en Montevideo. El piso de madera rechinaba y le faltaba lustre, la barra era antiquísima como el espejo en la pared de atrás y la araña que colgaba del techo; el aroma a café y a facturas recién hechas me hacía acordar a mi infancia, a mi abuelo precisamente y la música, con volumen bajo enamoraba a los oídos: unos tangos, unas milongas, algo de brasilero y algo de inglés. Era perfecto.
Contemplé el panorama por unos segundos y con timidez me acerque su mesa, temía interrumpirlo y ser la culpable de que se borrara de su mente, quizás, la mejor idea de su vida. Pero no podía dejar pasar esta ocasión, tenía su libro en mi bolso: “El libro de los abrazos” y tantas preguntas guardadas en mi memoria, que me anime a pararme frente a él.
- Buenas tardes, señor Galeano.- digo, en voz baja y con vergüenza. Estaba parada frente a un icono de la literatura de habla Hispana.
- Son las historias.- responde, mirando todavía por la ventana. Quedé muda, no sabía si lo incomodaba, si me ignoraba y ni siquiera si era a mí a quien le hablaba. Era como si estuviese sumergido en su propio mundo. Opte por no decir nada.
Fue el minuto más extenso que había vivido, sin embargo, no sentía tensión alguna ni tampoco incomodidad. Era maravilloso verlo, con su cabello blanco y algo calvo, sus arrugas y sus pecas. La libreta tendida en la mesa estaba escrita y tachonada también, qué gran obra saldría de allí. De repente giro su cabeza y me miró.
- Son las historias las que permiten convertir el pasado en presente y lo distante en cercano. –
- ¿Disculpe? –
- Si, yo no creo que el mundo esté compuesto de átomos.
De todas las personas con las que me había cruzado en mi corta vida, a las que había entrevistado y escuchado, Eduardo Galeano era el más raro de todos. Parecía seguro de lo que decía, pero algo en su manera de expresarlo me dio la sensación de que buscaba mi opinión al respecto.
- Los científicos tienen que encontrar una solución científica, los religiosos una religiosa, los periodistas una que nos sepa dar alguna primicia y los escritores, supongo, una solución que venga del alma y de las vivencias. –
Ni siquiera pensé lo que dije, simplemente fue lo que azotó mi mente en ese momento. El señor Galeano me sonrió al mismo tiempo que asentía. La gente entraba y salía del bar, los que llevaban ya un rato adentro, vociferaban y se reían, los mozos iban y venían por el estrecho lugar; y entre el bullicio escuché su voz.
- ¿Un café?
Eduardo Germán María Hughes Galeano, nació en Montevideo (Uruguay) el 3 de septiembre de 1940. Periodista y escritor, ambas por vocación. En el golpe de Estado de 1973, fue encarcelado y obligado a despedirse de su tierra natal, exiliándose a Argentina (país donde fundó la revista “Crisis”). ¿La razón? Por ser creador del libro “Las venas abiertas de América Latina”, el cual fue censurado. En 1976, contrajo matrimonio por tercera vez y se marchó a España, al otro lado del mundo para escribir en paz la trilogía más impactante sobre su amada América Latina: “Memoria del Fuego”.  Diez años más tarde retornó a su ciudad de origen, porque como él dice siempre “Todos somos paganos, tenemos nuestras raíces plantadas en un lugar, en nuestra tierra, con nuestras costumbres. Uno siempre vuelve.”
Ocupé la silla frente a él e imite lo que hacía, observe a través del vidrio de la ventana y entendí por qué se quedaba inmerso en sus pensamientos. Le pidió dos cafés a Pedrito, el mozo, aparentemente lo conocía desde hacía mucho tiempo y cerró su anotador.
- Parece que la vida les pasara de largo.- dice, apoyando el codo en la mesa y formando una cuna con su mano para sostener la cabeza. – a la gente le cuesta detenerse y apreciar, es como si tuvieran miedo, miedo de enamorarse, de comer, de sentir, de pensar, de vivir. La gente debería aprender que esa es la vida ¿no? Caerse y levantarse, y que si me caigo es porque estaba caminando y caminar vale la pena aunque caigas. –
Sus palabras hicieron eco en mi interior, era un hombre muy observador y sabía captar la belleza en las pequeñas cosas de la vida. Eduardo Galeano sabía encontrar una isla de fe en un océano negro y repleto de monstruos.
- A veces detenerse, significa avanzar.- expresé en un suspiro y vi como fruncía el ceño. – quiero decir, no siempre el seguir andando es señal de que uno va bien. A veces uno anda y no sabe hacia dónde, no tiene un rumbo, como almas errantes. A veces detenerse y apreciar, significa avanzar de verdad. – explico lo mejor que puedo.
- Quién no está preso de la necesidad, está preso del miedo.- responde y da un sobro a su café. Más yo solo sonrío, es un dialogo diferente, donde no encajan las palabras pero si los pensamientos. –
- ¿Cómo es eso?- le pregunto
- Unos no duermen por la ansiedad de tener aquello que no tienen y otros no duermen por el pánico de perder las cosas que tienen.-
De repente, un silencio nos invadió a ambos. El tiempo seguía pasando para todos, el hombre de camisa roja que estaba en la mesa vecina ya no estaba, la lluvia era diluvio y una nueva bandeja de medialunas dulces salía de la cocina en manos del mozo. Pero nosotros, a nosotros no nos pasaba el tiempo, estábamos en una especie de limbo entre la realidad y la atmosfera que creamos para expresar libremente lo que viene del alma.
- Ahí está, avanzan sin detenerse y no se detienen para avanzar. Es una buena apreciación. – continua diciendo. – Estamos en un mundo en donde el contrato importa más que el amor, el funeral más que el muerto, la ropa más que el cuerpo y la misa más que Dios. -
-  Un mundo light, diría yo. – agrego y me mira. – que nada engorde y sea demasiado importante, ni el amor, ni la familia, ni la verdad, ni la justicia, ni la libertad, ni el alma. La gente hace dieta de los sentimientos, quizás, porque demandan una gran responsabilidad o porque no les complace el esfuerzo por comprender y darle al prójimo lo que necesita. Vaya uno a saber. – concluyo.
Eduardo Galeano me observaba con aceptación. Nos entendíamos, conocía su espíritu sin siquiera conocerlo, era parecido al mío: rebelde, atrevido, valiente e indagador. Mientras lo miraba, notaba las pequeñas manchas en su cara producto de los años, producto de su experiencia, del tiempo que hacia lo suyo, que se llevaba poco a poco a ese hombre joven que fue alguna vez y que conquisto a tres mujeres. Sin embargo, su alma estaba intacta, parecía la de un niño que empieza a descubrir el mundo, que quiere saber más y conocer todo lo que le sea posible y más. Eduardo Galeano, no se cansaba de la vida, la desenmarañaba de una manera natural y sin vueltas, llegaba a las vísceras del asunto porque tenía la capacidad de “mirar lo que no se mira pero que merece ser mirado, las pequeñas cosas de la gente anónima, de la gente que los intelectuales suelen despreciar, ese micro mundo que alienta la grandeza del universo y al mismo tiempo ser capaz de contemplar el universo desde el ojo de la cerradura, desde las cosas chiquitas que son las más grandes. ” Eduardo Galeano era amante de los misterios de la vida, del dolor humano y de la manía de querer hacer de este mundo “la casa de todos, no de unos poquitos, y el infierno de la mayoría”. Quería saber sobre la capacidad de belleza de la gente más sencilla, la recluida, la que está en el fondo del olvido porque ahí, encontraba la esencia de la vida.
- Tenía un perro.- dice de repente.- se llamaba Morgan, era mi perro. Cuando pasaba más de dieciocho horas escribiendo, me llamaba con la pata como diciéndome “deja, vamos a pasear un poco”, me sacaba de mi ensimismamiento y cuando paseábamos lo miraba. Morgan era rebelde, era libre y no renegaba de nada. Cuando se me fue, anduve con canciones tristes en el alma. –
Había mucho pesar en sus ojos, la tristeza brotaba en sus palabras y como queriendo retener una lagrima atrevida, bebió lo que quedaba de su café. Yo abrazaba mi taza con las manos, las tenía fría y buscaba un poco de calor pero al oírlo, el frio se trasladó a todo mi cuerpo. La nostalgia y la angustia que afloraba de Eduardo Galeano, se coló por mis sentidos y me pregunté qué haría yo si se muriera mi perro o mi caballo, el viejo Bartolo.
- Era un buen ángel.- contesto con la voz resquebrajada.- algunos dicen que los perros y los caballos son ángeles de alas invisibles y yo creo eso. –
- Son libres.- agrega el señor Galeano.- Morgan hacia a su voluntad, no obedecía. Ojala pudiéramos ser desobedientes cada vez que recibimos ordenes que humillan nuestra conciencia o violan nuestro sentido común.-  
Eduardo Galeano sabia extraer lo esencial, lo necesario de los sucesos de la vida. No era positivismo, optimismo o como deseen llamarlo, era supervivencia. Una persona atascada en el pasado o en los malos momentos, es una causa perdida y él lo sabía muy bien, para sobrevivir hay que encontrar la luz en la oscuridad y la oscuridad en la luz.
Mientras iba ya por su cuarto café y pedía cuatro medialunas dulces, dos para él y dos para mí, comenzó a sonar mi celular. En la pantalla titilaba el nombre “Juan”, era mi novio. Atendí por unos segundos y le pedí que se comunicara conmigo más tarde, que estaba ocupada y antes de cortar la llamada se escapó un “mi amor” y un “te amo” de mi boca.
 tod- Lo importante del amor, es que sea infinito mientras dura.- asegura, una vez que deje mi teléfono en la mesa.Todos somos mortales hasta el primer beso y la segunda copa de vino. – dice, acompañando sus palabras con una carcajada que me contagió.
- Usualmente, la gente dice que el amor es infinito, que no tiene duración o fecha de caducidad. – comento.
- La eternidad es todos los días, lo máximo que puede durar un amor es todo el día y así día a día, y luego meses, años y de pronto toda una vida. –
Cada palabra, cada frase que pronunciaba estaban dotadas de un conocimiento que no venía de la ciencia, la filosofía, la matemática o la metafísica; era un conocimiento que nacía de sus vivencias y sus observaciones. Un conocimiento que los filósofos, los científicos, los matemáticos y los metafísicos criticarían, pues no es del todo certero. Yo creo que la vida es eso, no existe la certeza y eso la hace atractiva.
Pasaron las horas y la tarde, Eduardo Galeano seguía sentado en su silla junto a la ventana y yo en la mía, frente a él. Habían pasado varios cafés y unas cuantas medialunas, cada tanto me decía “come, come no tengas miedo a engordar”. Me hacía reír, me hacía pensar, me hacía sentir, me hacía apreciar y me hacía ver. Había llegado al lugar con un centenar de preguntas para hacerle, pero no fui capaz de formular ninguna porque no era necesario. Eduardo Galeano tenia, a mi parecer, un poder oculto: leía tu mente, tus ojos, tu alma. Llegue a contarle la historia de mi vida, nada fácil para una chica de veintiún años, le hablé de mis caballos y de mi perro, de mi familia y de mis pasiones. En ningún momento desvió su atención de mi monologo, en ningún momento osó interrumpirme, sus ojos de cielo me escrutaban con curiosidad y dulzura, con entendimiento.
- ¿Sabes por qué escribo? – Me preguntó después de haberle hablado de mí.-
- No, ¿Por qué?- le cuestioné.
- Cuando escribo, pretendo recuperar algunas certezas que puedan animar a vivir y ayudar a los demás a mirar. – Explicó.- pero, mis certezas no son las mismas que las tuyas o que las de Pedrito o que las de mi perro. Fuimos nacidos hijos de los días, porque cada día tiene una historia y nosotros somos las historias que vivimos. –
- Solo se alcanzará la felicidad el día en que nos amiguemos con nuestras propias historias, sin dejar de recordar el pasado porque es lo que somos. ¿Cierto? –
- Cierto.- afirmó el señor Galeano.
La noche amenazaba al cielo y ya era hora de irme al hotel, tenía que volver a casa a la mañana siguiente y por más que deseaba quedarme allí sentada por años, había responsabilidades de las que hacerme cargo. Abrí mi bolso y con un poco de vergüenza saque su libro, se lo tendí y lo agarro sin vueltas. Había entendido lo que le pedía, tomó su lapicera y se puso a escribir algo en la primera hoja.
Lo admiraba, admiraba a ese hombre como no admiraba a nadie más, me entendía sin conocerme, sabía todo lo que sentía sin haber estado al lado mío. Sabia de pesares y alegrías, de amores y desamores, de la vida y de la muerte, de las perdidas, de la lucha, era crudo y tan honesto que parecía cruel sin serlo. No ocultaba sus pensamientos, no callaba la voz de su interior y a su alma. Era un hombre de espíritu libre.
- Mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas puede cambiar el mundo. – Me dice al momento en que me entrega el libro.- de nuestros miedos nacen nuestros corajes, y en nuestras dudas viven nuestras certezas. Los sueños anuncian otra realidad posible, y los delirios otra razón. En los extravíos no esperan los hallazgos, porque es preciso perderse para volver a encontrarse.-
Insistió en pagar la cuenta y no permitió que sacara mi monedero del bolso. Me despedí de él apoyando una mano en su hombro, le dije “gracias” pero significaba más que eso, era más que un solo “gracias” y él lo sabía, él lo supo todo el tiempo. Cruce la puerta y lo observe una vez más, Eduardo Galeano estaba sumergido nuevamente en un silencio profundo, mirando a través de la ventana. Abrí mi libro, leí aquello que había escrito y una sonrisa se adueñó de mi rostro:
“Hasta el próximo café.”
Mi adorado Eduardo Galeano falleció al año siguiente, pero cada día desde esa tarde en el bar hubo un próximo café. Porque ahí estaba, lo encontraba en sus libros, lo encontraba en lo cotidiano, en las pequeñas cosas, en la belleza, lo encontraba en la vida. Estaba en cada paso y en mi recuerdo, porque como él decía “recordar significa volver a pasar por el corazón.”



domingo, 25 de octubre de 2015

A pesar de los problemas.

Si hay una forma de enfrentar lo que nos pasa, es enfrentando lo que nos pasa, ¿Por qué fingimos que todo está bien? Cuando en realidad nos estamos muriendo por dentro, ¿Qué se gana con eso? Solo seguir sufriendo. Muchas veces lo hacemos para intentar salvarnos del abismo en el que nos encontramos, de hacer ver a los demás que todo marcha perfecto para no tener que dar explicaciones. ¿De qué sirve? Nos lastimamos, nos hacemos heridas que quizás jamás vuelvan a sanar, provocamos angustia alrededor nuestro, y nos vamos destruyendo cada vez más. Todo eso que guardamos termina pudriéndose dentro.
Pero a pesar de todos y cada uno de los problemas que podamos tener, siempre hay alguien a tu lado dándote confianza; brindándote ayuda y escucha, apoyándote en cada decisión, aconsejándote y aun mas ofreciéndote un lugar donde puedas descansar tranquilo y sentirte en paz: el hombro de tu mejor amigo o amiga, el beso ruidoso de un abuelo o abuela, el abrazo cálido de una madre o un padre… simples cosas que no tienen un simple significado, están repletas de un valor inexplicable, no tienen precio alguno.
Los buenos momentos, a veces suelen ser contados con los dedos de una sola mano.  Los buenos momentos de verdad buenos, donde no se vaya la sonrisa del rostro aunque haya algo que va mal, o las cosas no hayan salido como lo esperabas…hay que atesorarlos eternamente, porque en muchas oportunidades serán ellos quienes te ayudaran a decidir qué hacer contigo y con tus decisiones. Y todos esos momentos que estarán construidos por personas, lugares, aromas, colores y detalles inolvidables, son los que te guiaran de camino a casa.


Lo único que te salvara cuando estés a punto de ahogarte, será la esperanza de seguir viviendo. 

Aprovecha.

Busca siempre el modo de vivir la vida mostrando tu belleza interior, recorre el mundo con la frente en alto y que todos vean tu grandeza. Ten fe y confianza en ti mismo, créete el mejor, no olvides el poder que tienes de hacer tuyo todo, de poner el universo a tus pies si lo deseas.
Sonríele al presente y prepárate para el mañana, recuerda tu pasado para no olvidar quién eres y de dónde eres. No te dejes vencer y lucha por tu final feliz. Juega, disfruta cada paso que des, apuéstale a todo así ganes o pierdas. Atesora cada momento en el más preciado cofre, tu corazón, no los olvides nunca. Sonríele al mundo y grita tus triunfos a los cuatro vientos; sonríele al amor y siente el placer de amar y ser amado. Sonríete a ti, porque luchas día a día por tus objetivos, metas, por tu camino y porque eres tú.
Ganarse la vida es fácil, construirla es lo difícil; no puedes hacerlo todo junto, es día a día y cada vez. Recuerda que tienes la suerte de encantar a quién sea, que eres único. Todos somos únicos. La fuerza mayor de cada uno, está en aquello que ama, ponte fuerte por ello y no te rindas.
Tienes todas las posibilidades de hacer de ti y de tu vida, lo máximo…aprovéchalas.


Tal vez no hagas milagros y no te conviertas en santo, tal vez no tengas alas y no seas un ángel, pero eres humano y puedes convertirte en héroe. Marca la diferencia en cuerpo, alma y acción. No te vayas de este mundo sin haber dejado una huella, porque entonces, habrás vivido en vano.

Renunciar.

A veces es necesario ser un poco egoísta, no pensar demasiado en los demás y concentrarse más en uno mismo para estar bien, olvidar que quieren los ajenos y preocuparse por lo que uno quiere, abandonar por un rato los problemas de terceros y darle prioridad a los propios. Primero uno y después el resto.
En otras oportunidades, hay que serlo para con uno mismo y duele, porque se deben tomar decisiones poniendo en primer lugar al prójimo, sabiendo que para ello renunciará a todo lo necesario para el beneficio de esa persona importante.
Renunciar a la persona amada, es la más terrible de todas las renuncias. La tristeza inunda el alma de una forma inexplicable, e inmediatamente uno piensa “qué sería de mí sin él o ella” y sufre, el corazón parece desgarrarse y un dolor punzante en el estómago aparece, como si un puñal lo atravesara. Pero…y si uno pensara “qué sería de él o ella, sin mi” suena extraño, tan extraño que quizás funciona, porque tal vez esa persona podría salir adelante, podría encontrar aquello que tanto buscaba, o simplemente podría vivir bien.
Uno sufre, es muy difícil renunciar, pero lo es más el tener que olvidar. Dicen que el tiempo todo lo cura, quizás sea cierto, quizás con el tiempo aquello que hicimos valdrá la pena, quizás servirá de algo…pero, ¿y si no llegara a ser así? ¿y si la opción estuvo equivocada? ¿y si lo ideal era otra cosa? Uno nunca sabe si lo que decide hacer es lo correcto, nunca se sabe si será para mejor o empeorará a futuro, si el día de mañana eso que optamos por hacer, cambiara algo en los demás, o en sus vidas. Cada persona actúa de acuerdo a su creencia pero si lo hace desde lo más profundo del alma, entonces, al menos, tendrá un significado.

La vida es una toma constante de decisiones, la mayoría de ellas están erradas y terminan en una caída o un raspón más en el libro de experiencias vividas. Pero el diez por ciento suelen ser decisiones acertadas.

Una oportunidad.

Cuando la vida te golpea duro, te pone pruebas difíciles, te rompe el corazón y te estruja el alma; es necesario ser fuerte, uno debe enfrentarlo todo y ganar cada paso que da. Pero muchas veces, es tan grande el dolor que la fuerza desaparece. Cuando duelen el alma y el corazón, no hay ayuda de Dios que pueda sanarlos; uno puede intentar no decaer, no dejarse atrapar por la tristeza pero es simplemente una coraza, porque por dentro esa angustia invasora va carcomiendo cada vez más.
En oportunidades se puede llegar al punto en que ya nada parece importar, huir se transforma en la manera más sencilla de hacer las cosas pero, las piernas tampoco responden a ese reflejo cobarde. La razón pide a gritos que nadie se deje vencer, pero cuando es justamente el corazón quién está herido, es en vano cualquier tipo de petición. A pesar de todo, uno trata de continuar hacia adelante, de plantarle la otra mejilla al problema, sobreponerse, y cuando parece que el dolor ya casi esta extirpado del alma, algo nuevo vuelve a lastimar. Y el cielo cae a los pies, aplastando cada una de las ilusiones. Porque la vida es esa, uno abre los ojos y ya miles de problemas atacan sin cesar, molestan y abruman, haciendo que cada vez cueste aun mas, volver a estar firme.
Cuando uno ya se siente abatido, cuando todo parece carecer de sentido, cuando todo aparenta estar perdido, cuando no quedan restos y el fondo del océano está a un paso…aparece una oportunidad, aparece algo por lo que luchar, algo que hace que la fuerza renazca, algo que te salva de la agonía oscura, que lo obliga a uno a mantenerse vivo y a no rendirse jamás. Brinda un nuevo objetivo, un nuevo camino y un nuevo destino por el cual pelear, que a su vez, juntos, otorgan una nueva posibilidad de ser feliz, de disfrutar y de vivir. De creer en uno mismo, de triunfar.  Se convertirá el soporte para no tambalear, y si las ganas se esfuman, empujará contra toda voluntad para que, aun así, se siga intentando.

No te aflijas por una derrota porque si aún respiras, significa que puedes lograrlo. Si Dios te ha concedido la vida, fue porque sabía que serias lo suficientemente fuerte para vivirla. 

El tiempo tiene la razón.

La vida pasaba de largo para ella que, sumida en sus pensamientos, prestaba atención a cada persona que pasaba caminando frente a la ventana del bar en donde se encontraba. Sola con su compañía, con sus miedos, sus inseguridades y su historia angustiosa. Sola tal como se sentía, incomprendida y débil.
Miles de preguntas la invadían, tantas que no lograba responder ni una palabra, ni entender ¿Por qué todo era tan injusto? ¿Por qué era ella la que debía sufrir de sobremanera? Se cuestionaba si había sido algo que había hecho o dicho o simplemente mala suerte ¿por qué todo debía ser tan difícil, tan cruel y lastimoso? ¿por qué no lograba encontrar un sitio donde refugiarse? será que era imposible, tal vez, estar bien y en paz ¿Estaba destinada a sufrir? ¿será que era lo que mejor le quedaba? ¿algún día volvería a creer, a ser feliz? como aquella vez que se sintió tan libre.
Escuchaba una música de fondo mientras bebía su café, sola, una música que no decía nada, que la aburría pero la cantaba para salirse de sus pensamientos dolorosos y frustrantes. Estaba frustrada porque sentía que no servía, que era inútil, que era una carga para las personas que quería, sentía culpa y no era capaz de mover un dedo de lugar para cambiarlo todo, estaba devastada…y nadie descubría que se rompía por dentro cada vez más, la juzgaban, la insultaban, la maltrataban y ella mantenía la calma en tanto se le escapaban las fuerzas ¿Cómo recobrarlas? ¿cómo renacer entre tanto dolor? ¿qué hacer para mejorar el alma y el corazón? Se sentía perdida como si estuviera atrapada en un callejón que no tiene salida.
Llevaba un reloj en su muñeca izquierda, que era más de adorno que otra cosa puesto que ni lo miraba porque las horas no significaban nada para ella. Solo más vida perdida.
- Ya tuve el agua hasta el cuello y contra el viento otra vez pude ponerme de pie, porque aprendí que todo siempre llega en su momento, que el fin es el principio de algo nuevo…- 
La radio había cambiado de canción y una voz omnipresente recitaba las palabras más sabias que había escuchado en su corta existencia. Permaneció en silencio, escuchando y analizando cada frase, miraba su reflejo en el vidrio de la ventana y no podía creer en lo que se había convertido.
- No hay forma de escapar cuando la vida pone a prueba, contra la pared nos hace ver que hay una solución...-
Si los golpes contra la pared hubieran sido reales, tendría severas lastimaduras porque se había chocado tantas veces y repetido el mismo choque otras tantas, que se sorprendía de su habilidad para cometer errores. Necesitaba una solución, necesitaba volver a creer, a confiar e intentar.
- Sé lo que doy, quién soy y a dónde voy y el miedo que golpeó ya no duele. En cada paso aprendo una lección y aunque me rompa en dolor, se lo que quiero hoy, te pedí ser mejor…-
Una sonrisa nostálgica se escapó de su boca y un suspiro de rendición se hizo audible solo para ella. Estaba entregada al dolor, al sufrimiento y a la soledad, entregada a la oscuridad, a las noches de insomnio y a los despertares en llanto. Estaba resignada a una nueva oportunidad, estaba peleada con el mundo, con su familia y con el amor.
Pero aun así, muy dentro de ella todavía recordaba lo que había sido, quedaba una estela profunda de aquello que en algún momento le había hecho bien, la había reconfortado, la había hecho sonreír. Ella sabía quién era, lo sabía muy bien porque debajo de todos esos escombros que eran su vida, su alma y su corazón, lo sentía latente. Sabía lo que daba, que entregaba su espíritu por amor, que entregaba cada fibra de su ser, cada gota de sangre, lo sabía; y aunque estaba perdida y su camino un poco borroso, también sabía lo que quería y dónde iba.
El miedo es un gran usurpador, un gran intruso que solo distorsiona la imagen proyectada, los sentimientos y la mente. Es un gran mentiroso que hace creer que resguarda el ser integro, que lo aísla de los errores y del sufrimiento, cuando en realidad va aniquilando desde adentro y para siempre. Ella ya no quería dejarse dominar por él, ya no lo quería en su vida y en sus pasos. Y estaba segura.
- Toca ponerse de pie...-
Alzó su cabeza y su mirada dejo de enfocar la nada, cerró sus manos en dos puños y con un nudo en el estómago se levantó de la silla en la que estaba. Dispuesta a continuar, dispuesta a encontrarse consigo misma otra vez, dispuesta a renacer. Ya no sentía miedo, sentía ansiedad, curiosidad y una extraña fuerza interior que la impulsaba a moverse. Ya no volverá a verse así, no volvería a caer en la desdicha espantosa y humillante en la que estaba. Ella volvería a la guerra y ganaría.
- El tiempo tiene la razón…-

sábado, 24 de octubre de 2015

A veces, detenerse significa avanzar.

Esto es algo que he aprendido en este último tiempo, "a veces, detenerse significa avanzar" es un poco contradictorio, lo sé pero piensen lo siguiente:
El instinto del ser vivo es continuar, es dar un paso tras otro, dejando cada vez más huellas en el camino. Tal vez, tenga que ver la costumbre, la inercia, la rutina o vaya uno a saber. Generalmente, una persona mayor se levanta en las mañanas y concurre al trabajo, los estudiantes al colegio o a la universidad, algunas madres se encargan de sus hijos, de la casa; en fin, cada quién tiene sus responsabilidades y como personas responsables, tienen el deber de ocuparse de aquello que les corresponde. Es excelente, porque eso traerá frutos en la vida productiva del ser humano y, porque si estuviesen aplastados en un sillón, sería un desperdicio que puedan respirar.
Ahora bien, si nos enfocamos en todo ello, en el esfuerzo descomunal que hace un alumno para aprobar un examen final de la carrera que eligió, o que hace un trabajador para tener un aumento, o un ascenso… es terrible. Es terrible porque la ambición del ser humano es tan grande, que se olvida de todo aquello que es verdaderamente importante, y cuando cree que pasando horas y horas enfocado en eso que tanto se empeña por lograr, que va a conseguir el triunfo, está descuidando una parte de su alma.
La gente tiene por costumbre, darle más atención a las cosas materiales y superficiales, que a aquello que viene desde adentro de uno, que a aquello que le reclama el corazón y siente en lo profundo del pecho.
¿Qué pasaría si equis persona se encierra a estudiar durante un mes entero, sin hablar con nadie, sin darle importancia a nada? Y de repente, su caballo se queda ciego en ese momento… y no tiene “tiempo” de poder estar a su lado por esa responsabilidad estúpida de rendir un examen. Como me paso, desgraciadamente.
Fue en ese preciso instante, donde comprendí que estaba vacía, donde me di cuenta que mi alma se había resquebrajado en mil pedazos y todo lo que yo era, de pronto, se había esfumado. Había dejado de sentir, de disfrutar ¿por qué? Porque solo quería avanzar, ¿y hasta dónde avance? Hasta ningún sitio, solo retrocedí. Entonces abandone todo, desaprobé y no me importó, me sentí mal lo admito pero mi caballo me necesitaba.
Me detuve, y comencé a mirar a mi alrededor, a recordar todo aquello que había vivido y había sido, comencé poco a poco a sentir otra vez esa calidez que hacía mucho no sentía; comencé a disfrutar de las pequeñas cosas otra vez, de los mates con mi mamá por la tarde, de mi perro, de mi familia, de los días, y de mi misma. Pero sobre todo, volví a nacer cuando tuve que ser los ojos de mi caballo ciego y volví a creer en mí, cuando él sin ver hacia donde iba y sin confiar en sus propios pasos, confió en los míos y en mi guía. Entonces, me pregunté ¿cómo puede ser, que si yo lo dejé de lado tanto tiempo, él todavía me siga eligiendo? Y la respuesta llegó a mí, con un relincho maravilloso… porque él sabía que era lo mejor de mí.
Gracias a toda esa experiencia, pude avanzar a pasos agigantados y superar tantos problemas que tenía arraigados en el alma. Me deje ayudar por mi familia y me deje inundar el corazón por mis caballos, una vez más. Y me salvaron, todos.

Deténganse en el camino a observar aquello que pasaron, miren hacia atrás para no cometer los mismos errores y para recordar de lo que son capaces, para recordar aquello que son y de donde vienen. Deténganse y sientan, sientan todo y así, avanzaran hasta la cima del mundo. 

Un lugar.


Y la vida pasaba de largo frente a sus ojos, sus ojos tan celestes como el mismísimo cielo pero tan vacíos que daba miedo.
Lo vi por primera vez sentado esperando un tren; su cabello algo rubio se movía con el viento, su mirada estaba fija en sus rodillas, como si estas fueran a darle algún tipo de respuesta; con las manos agarraba su cabeza, expresaba tanta frustración que me parecía aun más intrigante; tenía un pequeño bolso negro junto a su pie derecho, supuse que iría a alguna parte. Me senté a su lado en silencio, me crucé de piernas y cantaba bajo. Él no se movía.
- Lindo día hoy, ¿no crees?- pregunté, para ser honesta llovía torrencialmente más el muchacho no respondió. – Voy a Londres, ¿tú a dónde? – volví a preguntar, sentía curiosidad por saber el secreto que escondía dentro.
- No lo sé.- contestó finalmente, su voz estaba entrecortada y sonaba triste. Lo miré de reojo y comprobé que seguía en la misma posición, como lo había imaginado.
- ¿No lo sabes? Pues, puedes mirar tu boleto, debe decir el destino.- le aconseje, me resultaba extraño.
Comenzó a hurgar en uno de los bolsillos exteriores del pequeño bolso y saco de allí unos cuantos pasajes. Me asombré.
- ¿Cuál de todos ellos crees que diga mi destino? – cuestionó mirándome, tal como había mencionado, sus ojos eran celestes intensos, tan intensos que creí perder la noción durante un instante. - ¿Y bien? – insistió, sacándome del trance que me produjo su mirada. Aun así no supe que contestarle, ¿por qué tenia tantos? – No esperaba que me lo dijeras, ni siquiera yo puedo hacerlo. – finalizó dejándolos a un costado.
Tomé los boletos, Bradford, Bournemouth, Surrey, Manchester, Londres y Liverpool; ¿a qué se debían tantos lugares?
- ¿Por qué? – dije simplemente, era lo que me interesaba saber.
- Porque no lo sé.- expresó, mi mente se colmó de preguntas.
- ¿Qué no sabes?, explícamelo. – le ordené, no quería sonar una chusma pero me llamaba la atención.
- No sé a donde ir, ninguno de estos boletos dice mi destino, ninguno de estos lugares dicen que debo hacer, ni siquiera Cheshire. No encuentro la respuesta que deseo obtener. – comentó cansado.
- ¿Cuál es? – quise averiguar. Su mirada se clavo en la mía otra vez.
- ¿A dónde pertenezco? – Soltó sin pelos en la lengua, con tanto sentimiento que me sentí pequeñita a su lado, tanta frustración, tanto dolor y tanto desconcierto que hizo que mi piel se erizara.- ¿Cuál es mi lugar en el mundo?- continuó.
En ese momento comprendí todo.
- ¿Quién eres?- lo interrogué.
-  Logan, mi nombre es Logan. ¿Tu?- inquirió.
- Logan, soy Amy.- estrechamos nuestras manos y levemente sus labios formaron una sonrisa hacia un costado. Correspondí.- Bien, ¿esperas acaso que un par de papeles con letras te marquen tu camino?, ¿esperas que alguien más lo haga por ti? Sabes, Logan, me dirijo a Londres porque simplemente siento que Cheshire ya no es mi sitio, mi lugar. Para ser honesta, no espero que vaya a irme de las mil maravillas allí, ni tampoco tengo noción de que podré encontrar pero, sin embargo, me atrevo. ¿Sabes por qué?.- pregunte y el negó con su cabeza.
- No.- contestó- ¿Por qué?
- Porque nada puede ser peor que quedarme estancada por miedo a lo que pueda venir, nada puede ser peor que ser eternamente infeliz y sentirme sola. No tengo idea de si esto será bueno, si allí encontraré lo que busco pero vale toda la pena del mundo arriesgarlo todo. – finalicé soltando todo el aire de mis pulmones en un suspiro del alma.
Me miraba asombrado y fruncía el ceño. Cada palabra era cierta, cada coma y punto que marqué fueron reales, no había nada más que recuerdos que me ataban a éste condado. ¿Mi familia? Siempre contaré con ellos, son mi fuerza pero es hora de que comience a buscar mi propia fortaleza y no aquella que venga de los demás, ¿saben? Ser fuerte por mí y para mí, a eso me refiero.
Hay oportunidades en las que uno debe tomar decisiones sin pensar en el que vendrá, o que dejará a medio andar; hay que aceptar que en la vida el camino es solo de uno y no se comparte, puedes transitarlo acompañado pero cada quien en su propia calle.
Hay que seguir sin esperar, haciendo lo que dicta el sentimiento, el buen sentimiento pero hay veces en que todo debe ser echado a la suerte. Como he dicho siempre, la vida es un noventa por cierto de suerte y un diez por ciento de inteligencia, porque si eres tocado por el ala de un ángel debes ser lo suficientemente sabio para saber aprovecharlo.
- ¿Qué es lo que buscas?- quiso saber Logan.
- Encontrarme a mi misma y ser feliz conmigo. – respondí tan segura de mis palabras que se me heló la sangre.
-  ¿Crees que lo lograras? – inquirió curioso.
- Hay quienes nunca lo hacen y pasan el resto de sus días en una agonía constante, de eso se trata, luchar desde lo más profundo de nuestro ser para llegar. Tal vez no llegue jamás, pero sabré que lo di todo por ello. – Algunos dicen que la felicidad no se busca, viene sola aunque yo no creo en esa idea porque si uno no la busca ni le da motivos para que se presente en nosotros, no lo hará.
Lo miré a los ojos y vi un destello de esperanza que me llenó de pies a cabeza, asintió con su cabeza y me sonrió abiertamente. – Tú tienes que hacer al lugar, tu lugar y ten por sabido que nada será fácil y si lo parece entonces no lo vale. – dije. El tren a mi nuevo destino se acercaba al anden donde unas cuantas personas más habían llegado, no sé en que momento, pues estaba perdida en mis pensamientos que no lo noté, entonces lo vi tomar su bolso y pararse.
- Allí viene tu tren, Amy, espero tengas un buen viaje y encuentres todo aquello que tanto anhelas. Yo volveré a casa, pues estoy cansado de ir de aquí para allá buscando lo mismo que tu y siempre regreso a esta estación, porque simplemente no puedo alejarme de aquí. Puedes cambiar mil veces, puedes soñar mil y un sueños, puedes irte y volver luego pero siempre hallarás el camino a casa. Mi casa, mi humilde casa de campo es mi lugar.-

Estrechamos nuestras manos de manera amistosa, hubiera querido saber mas de aquel muchacho de ojos azules como el cielo, hipnotizantes y bellos, pero entendí que nuestros caminos estaban separados. Él buscaba paz, buscaba su espacio; yo me buscaba a mí y a mis sueños.