sábado, 24 de octubre de 2015

A veces, detenerse significa avanzar.

Esto es algo que he aprendido en este último tiempo, "a veces, detenerse significa avanzar" es un poco contradictorio, lo sé pero piensen lo siguiente:
El instinto del ser vivo es continuar, es dar un paso tras otro, dejando cada vez más huellas en el camino. Tal vez, tenga que ver la costumbre, la inercia, la rutina o vaya uno a saber. Generalmente, una persona mayor se levanta en las mañanas y concurre al trabajo, los estudiantes al colegio o a la universidad, algunas madres se encargan de sus hijos, de la casa; en fin, cada quién tiene sus responsabilidades y como personas responsables, tienen el deber de ocuparse de aquello que les corresponde. Es excelente, porque eso traerá frutos en la vida productiva del ser humano y, porque si estuviesen aplastados en un sillón, sería un desperdicio que puedan respirar.
Ahora bien, si nos enfocamos en todo ello, en el esfuerzo descomunal que hace un alumno para aprobar un examen final de la carrera que eligió, o que hace un trabajador para tener un aumento, o un ascenso… es terrible. Es terrible porque la ambición del ser humano es tan grande, que se olvida de todo aquello que es verdaderamente importante, y cuando cree que pasando horas y horas enfocado en eso que tanto se empeña por lograr, que va a conseguir el triunfo, está descuidando una parte de su alma.
La gente tiene por costumbre, darle más atención a las cosas materiales y superficiales, que a aquello que viene desde adentro de uno, que a aquello que le reclama el corazón y siente en lo profundo del pecho.
¿Qué pasaría si equis persona se encierra a estudiar durante un mes entero, sin hablar con nadie, sin darle importancia a nada? Y de repente, su caballo se queda ciego en ese momento… y no tiene “tiempo” de poder estar a su lado por esa responsabilidad estúpida de rendir un examen. Como me paso, desgraciadamente.
Fue en ese preciso instante, donde comprendí que estaba vacía, donde me di cuenta que mi alma se había resquebrajado en mil pedazos y todo lo que yo era, de pronto, se había esfumado. Había dejado de sentir, de disfrutar ¿por qué? Porque solo quería avanzar, ¿y hasta dónde avance? Hasta ningún sitio, solo retrocedí. Entonces abandone todo, desaprobé y no me importó, me sentí mal lo admito pero mi caballo me necesitaba.
Me detuve, y comencé a mirar a mi alrededor, a recordar todo aquello que había vivido y había sido, comencé poco a poco a sentir otra vez esa calidez que hacía mucho no sentía; comencé a disfrutar de las pequeñas cosas otra vez, de los mates con mi mamá por la tarde, de mi perro, de mi familia, de los días, y de mi misma. Pero sobre todo, volví a nacer cuando tuve que ser los ojos de mi caballo ciego y volví a creer en mí, cuando él sin ver hacia donde iba y sin confiar en sus propios pasos, confió en los míos y en mi guía. Entonces, me pregunté ¿cómo puede ser, que si yo lo dejé de lado tanto tiempo, él todavía me siga eligiendo? Y la respuesta llegó a mí, con un relincho maravilloso… porque él sabía que era lo mejor de mí.
Gracias a toda esa experiencia, pude avanzar a pasos agigantados y superar tantos problemas que tenía arraigados en el alma. Me deje ayudar por mi familia y me deje inundar el corazón por mis caballos, una vez más. Y me salvaron, todos.

Deténganse en el camino a observar aquello que pasaron, miren hacia atrás para no cometer los mismos errores y para recordar de lo que son capaces, para recordar aquello que son y de donde vienen. Deténganse y sientan, sientan todo y así, avanzaran hasta la cima del mundo. 

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