Si hay una forma de enfrentar lo que
nos pasa, es enfrentando lo que nos pasa, ¿Por qué fingimos que todo está bien?
Cuando en realidad nos estamos muriendo por dentro, ¿Qué se gana con eso? Solo
seguir sufriendo. Muchas veces lo hacemos para intentar salvarnos del abismo en
el que nos encontramos, de hacer ver a los demás que todo marcha perfecto para
no tener que dar explicaciones. ¿De qué sirve? Nos lastimamos, nos hacemos
heridas que quizás jamás vuelvan a sanar, provocamos angustia alrededor
nuestro, y nos vamos destruyendo cada vez más. Todo eso que guardamos termina
pudriéndose dentro.
Pero a pesar de todos y cada uno de los
problemas que podamos tener, siempre hay alguien a tu lado dándote confianza;
brindándote ayuda y escucha, apoyándote en cada decisión, aconsejándote y aun
mas ofreciéndote un lugar donde puedas descansar tranquilo y sentirte en paz:
el hombro de tu mejor amigo o amiga, el beso ruidoso de un abuelo o abuela, el
abrazo cálido de una madre o un padre… simples cosas que no tienen un simple
significado, están repletas de un valor inexplicable, no tienen precio alguno.
Los buenos momentos, a veces suelen ser
contados con los dedos de una sola mano.
Los buenos momentos de verdad buenos, donde no se vaya la sonrisa del
rostro aunque haya algo que va mal, o las cosas no hayan salido como lo
esperabas…hay que atesorarlos eternamente, porque en muchas oportunidades serán
ellos quienes te ayudaran a decidir qué hacer contigo y con tus decisiones. Y
todos esos momentos que estarán construidos por personas, lugares, aromas,
colores y detalles inolvidables, son los que te guiaran de camino a casa.
Lo
único que te salvara cuando estés a punto de ahogarte, será la esperanza de
seguir viviendo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario