viernes, 16 de septiembre de 2016

Tomate con orégano

Cuando era pequeña, unos cuatro o cinco años, mi madre y yo habíamos ido a disfrutar de un día de verano a una pileta de club. Siempre fui demasiado blanca como para estar expuesta al sol y demasiado terca como para aceptar verme aún más blanca por el protector solar. Quedé roja como una frutilla, mi piel ardía como el infierno y me arrepentía de lo lindo por haber sido desobediente.
Era de madrugada y desperté a mi madre que dormía plácidamente, al día siguiente debía trabajar puesto que nuestra situación financiera no era del todo buena. Vivíamos con mi abuelo en ese entonces y no sentíamos ese hogar, nuestro hogar. Le dije que, por favor, hiciera algo para que mi piel dejara de arder tanto y me sonrió. Fue a la cocina y volvió a nuestra habitación con un tomate cortado en rodajas.
- ¿Para qué es eso?- quise saber, me daba mucha curiosidad.
- Para ponerte en la piel, el tomate ayuda a que no te queme más.- me contestó.
Termine con los brazos y la cara adornados con rodajas de tomate, era gracioso pero calmaba mucho. Sentía frescura y satisfacción. Observaba a mi madre, las orejas no la dejaban en paz y su rostro cansado me preocupaba. Bostezaba a lo grande y cada tanto me preguntaba si me sentía más aliviada.
- Ma, quiero probar el tomate con orégano.- le dije, de la nada y ella me miro con extrañeza. Eran las cuatro de la mañana.
- Bueno, vamos.- me respondió y nos dirigimos juntas a la cocina.

Esa noche a las cuatro de la mañana probé el tomate con orégano, uno de los manjares de mi vida. Esa noche, mi madre, tan cansada y abatida por tantas razones, me preparo el tomate con orégano con todo el amor que albergaba en su corazón. Esa noche, el tomate con orégano se convirtió en algo más que eso. Era la prueba de que le importaba. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario